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cruz-de-pacairigua1Marlon Zambrano

Acaso un presagio, abril nos tomó desprevenidos demasiado concentrados en la tragedia para no advertir cómo una alfombra amarilla, en mopas apiñadas, cercó nuestras montañas en ceñido duelo con la desolación, anunciando el advenimiento del mes florido de araguaneyes y apamates, de vírgenes, de trabajadores, de la Santa Cruz de Pacairigua y Guatire. En mayo entran las lluvias, y la vida se pasea nuevamente sobre estos valles y sobre el país todo que reclama resurrección.

Este mes se celebra la Cruz de Mayo, el tres para ser más claros, fecha adjudicada a estas tierras de indios chagaragotos como fiel advocación en nombre de la fe cristiana que impuso el conquistador español. Desde esos días no es extraño que coincidan la devoción y la alegría sintetizadas en eso que los estudiosos llaman la religiosidad popular.

Hoy, es común ver a un par de matronas que en letanía entonan décimas alegóricas alrededor de improvisados altares en caminos, casas o locales, donde se coloca la cruz adornada con empeño y colores, rodeada por los más esbeltos frutos del campo, de Salmerón, Macanillal, El Bautismo, Tío Pedrote, Zamurito.

Ignacio Porras corre por entre el vergel araireño y organiza un Velorio de Cruz donde no falta el poeta Salazar que cuatro en mano, le canta una fulía a las imágenes que escoltan al madero sagrado, como las Ánimas Benditas del Purgatorio, El Niño Jesús y San Antonio de Padua. Y nadie se molesta, ni se atropella, el signo más hermoso de la confraternidad en torno a la fe, es una flor que pasa de mano en mano, de trago en trago, para que cada cual cante o recite a su tiempo.

En el velorio no se acostumbra bailar por tratarse de un acto solemne y ritual. Sin embargo, en algunas zonas del país hay velorios que tienen una parte diversional en la cual la cruz se guarda, se voltea o se cubre con una sábana para dar lugar al baile; aquí lo llaman “bailorio”.

Muchos rezamos este año por la salud de doña Auristela Rondón, a cuyo hospitalario hogar siempre vamos a parar en tropel desvergonzado a comer el teretere que ahora prepara Rosita, y que acompañamos con casabe y caraotas negras con rostro (cabeza de cochino).

El 3 de mayo el guatireño revalora su identidad, y quienes tuvimos la suerte de parar en estos paisajes, nos acercamos profundamente al alma del pueblo, ese pueblo noble que se suma a la alegría con las cosas pequeñas, los breves detalles que en suma forman el alma de esta tierra.

SIGNIFICADO SOCIAL
El símbolo de la cruz cristiana coincide con algunas de las creencias indígenas en las cuales ésta es “el madero sagrado” que representa el árbol de la vida, de las flores y de las frutas. Por ello, dentro de los rituales que se realizan en honor a la cruz, se manifiesta agradecimiento y se hacen peticiones relativas a la necesidad de lluvia para los campos; se rinde homenaje a la naturaleza y se da la bienvenida a la que se espera sea una época de buenas cosechas.

Los creyentes manifiestan alegría ante la cruz, como una manera simbólica de desclavarle al Cristo el dolor de su crucifixión. En las zonas urbanas, alejadas de la vocación agrícola, los velorios se han convertido en oportunidades para el encuentro entre familiares y amigos, y en formas de ratificación de las identidades regionales de origen. Así pasa en Guatire.

Venezuela Saint PeterMarlon Zambrano

Motivo de múltiples interpretaciones, la Parranda de San Pedro que conmemoran los guareneros y guatireños cada 29 de junio, día asignado para San Pablo también, forma parte de un ciclo festivo que tiene en su especificidad el aval de contar con características muy particulares que al parecer y al decir de los entendidos, no tiene un registro similar en ninguna otra parte, a excepción de los que han transmitido las peculiaridades de la tradición en procesos migratorios internos, tal es el caso de la Parranda de San Pedro que se escenifica en Sarriá, Caracas. Una breve indagación y un pequeño arqueo de fuentes arroja, a vuelo rasante, que tanto San Pedro Apóstol como San Juan (24 de junio) son festejados en todo el mundo católico, y por ejemplo, en España, Nicaragua. México. Guatemala, Puerto Rico, Perú, Colombia, etc. -el mundo hispanoamericano- las conmemoraciones tienen visos apoteósicos hasta el punto de constituir fiestas patronales de varios días en pueblos y ciudades distantes.

Su origen, lejano y misterioso, alimenta hoy la curiosidad de los indagadores y algunos avivan la polémica al tomar partido en cuanto al lugar de origen de la manifestación, la fecha de su nacimiento, sus características iniciales; por lo que hay versiones que antagonizan en cuanto a la indumentaria, los colores, la hacienda donde se forjó la manifestación, sus primeros cultores, sus herederos naturales, y un largo etcétera.

Hoy sin embargo, estas discusiones, aunque necesarias, pueden resultar estériles pues quizás uno de los desafíos básicos de los días que vivimos es entender y asumir los retos que impone una modernidad avasallante que obliga a las sociedades a enrumbarse en procesos de readaptación que no siempre generan [os resultados deseados- Dice el investigador argentino Néstor García Canclini que “lo que ya no puede decirse es que la tendencia de la modernización es simplemente provocar la desaparición de las culturas tradicionales. El problema no se reduce, entonces, a conservar y rescatar tradiciones supuestamente inalteradas. Se trata de preguntarnos cómo se están transformando, cómo interactúan con las fuerzas de la modernidad” (1).

La fiesta, ese momento ritual que rompe con el curso cotidiano de las cosas para imponer un orden aleatorio, como sucede en la parranda cuando un contingente humano de grandes dimensiones toma las calles de Guarenas y Guatire siguiendo a las organizaciones que llevan la puesta en escena; no es eterna ni inmutable, pero mediante el dispositivo de la tradición trata de manifestarse como si lo fuera y generalmente extiende su existencia a lo largo de los siglos. En la actualidad, sin embargo, las influencias “externas” siguen una lógica aplastante sobre todo en el escenario occidental y latinoamericano: lo tradicional es viejo y lo viejo no es moderno, por lo tanto, lo tradicional es antimoderno, molesto; por lo que hay que “transformarlo” hasta que su valor de uso sea sustituido por su valor de cambio, y se instrumentalice como un producto mercadeable más, dispuesto para la compra-venta. Antonio Ariño Villarroya comenta que “la morfología, funciones y significados de las fiestas del siglo XX no tienen prácticamente nada que ver con los festejos del siglo XVIII” (2).

En el movimiento de la ciudad moderna, esa que se asoma en los valles que antiguamente subsistían de la siembra de caña, los intereses mercantiles cruzan con los históricos, los estéticos y los comunicacionales. Así, hoy es difícil ver a una organización cultural planificar sus itinerarios, sin tomar en cuenta sus tratos comerciales con las marcas de refresco o bebidas alcohólicas, con la invitación al colectivo por radio y prensa, con la restricción de su recorrido festivo por los espacios que permite la nueva morfología de la ciudad.

De pronto surgen las grandes interrogantes: ¿y las identidades?, ¿y la tradición?, ¿y la religiosidad popular?, ¿y la cultura de resistencia?; pues si, están allí, grabadas, actuantes, pero quizás, y he allí mi temor, desdibujándose mientras el fenómeno de crecimiento urbano local sigue su camino espontáneo, marcado por la impronta de la ocupación territorial masiva y las ganancias, mientras un contingente humano heterogéneo arriba en gran escala a estos valles, con una singular y variada forma de percibir su entorno. “Las identidades colectivas encuentran cada vez menos en la ciudad y en su historia, lejana o reciente, su escenario constitutivo” (3).

Ya lo dije una vez y fue bien entendido por algunos y por otros no tanto: El San Pedro no debe terminar por convertirse en un anodino contexto cultural propicio para el consumo individualizado de espectáculos y diversiones de la urbe; no debe “permitirle al consumo masivo la expropiación de sus principios, desmitificar lo que permanece en la fábula, en la leyenda” (4). Tristes ejemplos de lo contrario hay unos cuantos; solo basta acercarse en la fecha del Corpus Christi a San Francisco de Yare o en los próximos días a una de las poblaciones de la costa venezolana, donde el espectáculo realmente se vuelve deplorable, muy a pesar de los pocos cultores que hacen grandes esfuerzos porque la expresión de sus antepasados mantenga un sentido histórico, referencial, constitutivo, evocativo, religioso.

Fuentes:

  • ARIÑO VILLARROYA, Antonio: La Ciudad Ritual: La Fiesta de Las Fallas. Anthropos, Barcelona, 1992. (2)
  • GARCÍA CANCLINI, Néstor: Culturas Híbridas: Estrategias Para Entrar y Salir de la Modernidad. Grijalbo, México, 1996. (1), (3)
  • ZAMBRANO, Marlon: El San Pedro de Guatire: de la Tradición Ritual al Espectáculo Urbano. Fondo Editorial de la ALEM, 1998. (4)

Guatire Civil

plaza24-de-julioMarlon Zambrano
La historia de Guatire aparece revestida de un halo de grandiosidad casi mitológico” (Luis Martus)
Si algo ha hecho la historia por los hombres, es relegarlos al murmullo de los sables a través de los grandes relatos que siempre han ponderado al guerrero sobre el poeta; al asesino en masas sobre el salvador anónimo; al ganador de batallas sobre el breve mártir de gestas medianas, al margen del asombro.

Elías Pino Iturrieta nos habla de la “sensibilidad” que desarrollan los pueblos a través de insignificantes cruzadas cotidianas como ir a la bodega o sacar una cuenta, como beberse unas cervezas y cantar una serenata. Esos saltos agazapados son, según Iturrieta, los verdaderos gestores de lo que los antropólogos llaman “identidad”, y van forjando la historia que finalmente nos da sentido y nos permite reconocernos en el tumulto.

Guatire, hay que decirlo, debe reconocerse como el indómito paraíso de indios Caribes (Chagaragotos o Guarenas) que enfrentaron con la fiereza del hombre libre la imposición de la cosmogonía extraña que arribaba con el conquistador español. También debe verse como la tierra de gentes levantiscas como las que en abril de 1749 acompañaron a Juan Francisco de León en su sedición contra la Compañía Guipuzcoana. Debe verse como la comarca de esclavos alzados que no temían reptar entre las montañas rumbo al cumbe, dispuestos a defender hasta la muerte la pasión legada desde sus ancestros por la devoción al Deus Otiosus, que expresaban con rabia ritual a través de la simba, los sangueos, el malembe. Debe verse como el portal de Carabobo por la Batalla de El Rodeo. Verse como el foco insurreccional donde Jesús González gritó en marzo de 1859 “Abajo el Gobierno, viva Monagas” para luego caer vencido y heredar sus arrebatos a José Rafael Pacheco y Juan Francisco Pérez, quienes el 26 de julio de ese mismo año gritan “Viva la Federación” para ser recordados eternamente como los artífices de la Villa Heroica. Debe saberse como el lugar donde la gente no aguantó más abusos de un Jefe Civil, Luis Ostos, quien fue hostigado hasta la muerte un 5 de mayo de 1929, lo que le valió a esta tierra la negativa del Benemérito de dotarla de su plaza Bolívar.

Sin embargo, más allá del fausto y de los relatos pomposos que albergan los libros de historia, Guatire debe reconocerse como una tierra de gente solidaria, digna, inteligente, capaz, espiritual, una amalgama cocida en el crisol de las muchas razas que colmaron su interior, y que hoy algunos, por usar un término cómodo, llaman sencillamente “sociedad civil”.

SINCRÉTICO Y SANCOCHERO
Fue René García Jaspe, quien de historia sabe mucho, quien nos hizo hincapié un día en la necesidad de voltear hacia el hecho prácticamente imperceptible de la unión de los hombres y mujeres para darle un sentido más que histórico a nuestra realidad cotidiana; y fue así como entendimos la importancia vital de las obras que no necesitan ni el auspicio de las armas ni el artificio político para quedar grabadas en ese archivo infinito que llaman memoria colectiva.

Y es entonces cuando vemos que los nativos de estos valles, antes del pisotón español, concibieron un universo mítico extraordinario que aún está en evidencia en las decenas de petroglifos escondidos que yacen entre las montañas guatireñas. Entendemos entonces como es que esos hombres de tez oscura, traídos a la fuerza del África subsahariana para la fajina en los tablones de caña y en las haciendas de añil y café, supieron adosar la fe en sus ritos milenarios a las imágenes de San Pedro, San Juan, y la Santísima Cruz, impuestos por sus amos. Y vemos como es que los hacendados construyeron su ermita, que dio origen al pueblo, y como es que el capitán Antonio Gámez de la Cerda permitió la residencia de nuevos vecinos en sus tierras para ir creando el perímetro de la comarca a partir de lo que hoy conocemos como Gascón. Revisamos entonces el efecto del mestizaje para medio entender la increíble hazaña del Padre Sojo quien forjó la música en medio de la guerra y la desolación; o del poeta Elías Calixto Pompa que encontró inspiración parnasiana en la escondida comarca de Cupo, entre la fragua y la selva.

Es que nuestros nuevos vecinos, que vienen huyendo de la agitación capitalina buscando una “ciudad dormitorio” a donde llegar en las noches y pasar un rato los fines de semana, no pueden vernos solamente como eso: un mientras tanto despojado de referencias, un “valle del pop” sin pasado. Tampoco los que administran a su antojo el poder o las armas, pueden creer que somos sólo una masa predecible, maleable. Guatire es también la Unión Filarmónica del Distrito Zamora, formada por un respetable número de amantes del arte que en 1905 amenizaba las retretas que dirigía Régulo Rico, brillante heredero del Padre Sojo y de Henrique León y maestro de Vicente Emilio Sojo.

Guatire vio surgir, de la iniciativa de su gente, las primeras aceras y cloacas. Para 1913 gran parte de las aceras de Guatire eran de cemento, construidas por la Junta de Fomento y los propietarios de las viviendas del casco del pueblo. El desyerbo y aseo de las calles lo hacían los vecinos. La primera cloaca fue construida por Luis Sandón en el año 1919, para uso de la manzana ubicada en la calle 9 de Diciembre. Hubo una junta de caminos integrada por comerciantes para la reparación de todas las vías que comunicaban al pueblo con vecindarios rurales, cuyo único estímulo al final era un sancocho de gallo y una garrafa de aguardiente que preparaban las mujeres.

ANTIGOMECISTA Y VIRTUAL
Los guatireños, reunidos en junta ad hoc, se enfrentaron al poder de Gómez al mandar a construir para el centenario de la muerte del Libertador en 1930 su propia plaza Bolívar, pero con el subrepticio nombre de 24 de Julio y con una imagen adquirida tras una colecta pública, y aprovecharon para impulsar la construcción del primer hospital que llevaría el nombre del lugar donde murió el Padre de la Patria: Santa Marta.

De aquí salió, en 1931, la primera mujer médico que egresó de la Universidad Central de Venezuela: Sara Bendaham. También esos años germinales del siglo XX, vieron surgir de manos de los hombres y mujeres de a pie, al grupo de jóvenes “Acción juvenil guatireña” integrada por poetas, músicos, intelectuales, periodistas, soñadores como Rafael Borges, César Gil Gómez, Ángel Domingo Aristigueta, Guido Acuña, Vicente Emilio Sojo. Y así surgió también el liceo Ramón Alfonso Blanco, centro de luces que alguna vez y gracias al apoyo de amigos y vecinos llegó a contar con uno de los laboratorios de biología mejor dotado de todo el país, hasta con el esqueleto enigmático de una ballena, bajo la mirada apasionada del gran científico aún vivo Manuel Ángel González, y el apoyo irrestricto de Ángel María Daló, Narciso Rodríguez Guevara y Francisco Mujica Toro, éste último forjador de otras importantes iniciativas sociales, culturales y deportivas como el Centro de Educación Artística Andrés Eloy Blanco.

Ese Guatire palmario es y será el mismo que vio organizarse a su pueblo para rescatar y sostener una manifestación cultural que parecía evaporarse entre el calor y el alcohol, como la Parranda de San Pedro, y vio nacer instituciones pioneras en el ámbito nacional como la Estudiantina Santa Cecilia, el Centro Excursionista Manuel Ángel González (CEMAG), la Casa de la Cultura Antonio Machado a instancias de Jesús María Sánchez; el Orfeón Régulo Rico, el programa cultural Cuéntame que te Cuento y hasta una empresa productora de películas como Pacairigua Film, dirigida por Agustín Oropeza y Antonio Barberán y donde actuó Abelardo Cuadra, prócer en Nicaragua y en Guatire educador en el Colegio Americano.

Y Guatire no ha dejado de ser esa tierra de gente organizada, combativa y consciente, que no ha tenido temor de enfrentarse, con justicia, a los poderosos, y por eso lidió contra los que finalmente impusieron unos tanques de peligroso combustible en la estación de la petrolera venezolana en los antiguos pastizales de El Ingenio. Y se opuso con terquedad a la sustitución de la estatua pedestre de Bolívar en la Plaza 24 de Julio por una descomunal y lustrosa estatua ecuestre en 1995. Y peleó hasta sus últimas consecuencias con la poderosa empresa Hidrocapital que pretendía imponer sus disposiciones técnicas sobre La Churca y despojar a ese balneario guatireño de sus atractivos naturales en 1998.

Guatire se opuso a que los burócratas de la capital pretendieran incorporar el nombre de Francisco Fajardo al continum territorial integrado por la fusión de Guarenas, Guatire y Araira, dada la impronta de un hombre que cambió a su pueblo por los espejitos deslumbrantes que trajo el conquistador.

No es asunto de alimentar el ego ni de creernos únicos e irrepetibles; somos como miles de pueblos silenciados por los grandes temas de la Venezuela contemporánea. Hoy, eso sí, hay una misión urgente que de seguro seguirá templando la patrimonial combatividad de los guatireños: el rescate de una ciudad que poco a poco se deja espolear por estructuras urbanas que desdibujan el rostro afable de la Villa Heroica, invasión que se nutre de ranchos escalando hacia El Ávila y centros comerciales desollando las verdes terrazas donde alguna vez unos muchachos jugaron al descampado, viviendo otredades, jurando el mejor de los destinos para Guatire y su gente.

prefectura-de-guatireMarcos Elías Milano Rangel
Este año se cumplen 153 años de la consagración de Guatire como Villa Heroica, en el inicio, en 1859, de lo que se convirtió en la más sangrienta guerra civil, la llamada Guerra Federal. La Guerra Federal, bautizada también como “Guerra Larga” fue un proceso en el que influyeron múltiples factores y que sacudió profundamente el desarrollo político y social de la República nacida en 1830. Fue esta la guerra más cruenta, larga y con los efectos más desastrosos que haya conocido el país en el curso de su vida republicana, la cual, a pesar de ello, generó muy pocas transformaciones.

Todo se inicia cuando las fuerzas unidas de los señores José Rafael Pacheco y Juan Francisco Pérez, lanzan el grito de ¡VIVA LA FEDERACION! Desde nuestro pueblo el 26 de julio de 1.859.

El 18 de agosto del mismo año establecen su cuartel general y entregan el mando al Comandante Acevedo. Ya organizados suben a Guarenas y vencen al Coronel Garrido de las fuerzas del gobierno en la célebre batalla del Tamarindo. Con esta victoria confirman el dominio del Valle de Guarenas y Guatire.

El Gobierno Nacional envía una misión pacificadora encabezada por el señor Guevara y Valentín Espinoza, quienes, según las investigaciones hechas por nuestro amigo, José Manuel Milano, fueron recibidos a balazos en Mampote lo que los obligó a regresar a Caracas.

En julio de 1.859 se agudizan las hostilidades. Acevedo asume las fuerzas revolucionarias al mando de casi 500 hombres y enfrenta al General Capó, quien lo hace retroceder hasta Reventón. Pero por lo intrincado del terreno, Capó suspende la persecución y se retira para incrementar sus fuerzas.

Mientras tanto el centro del país estaba convertido en un verdadero campo de batalla, prácticamente todo lo que es hoy nuestro Estado Miranda era un hervidero revolucionario, lo que obligó al gobierno a lanzar gran parte de sus fuerzas contra los federalistas de Guarenas, Guatire y Caucagua y esto los obligó a replegarse nuevamente hacía oriente; hasta que el mismo Antonio Guzmán Blanco reorganizara las guerrillas dispersas y con ella toma nuevamente el control de la zona, venciendo al gobierno en las inmediaciones de Guatire.

Después del asesinato de Ezequiel Zamora el 10 de enero de 1.860, Falcón otorga la jefatura del ejército a Guzmán Blanco y este escoge a Guatire, como Cuartel General y desde aquí, el 20 de septiembre de 1.862, lanza su proclama de guerra.

Guzmán organiza su cuartel general en Guatire y comienza una fecunda labor de propaganda valiéndose para ello de una imprenta.
Cuando se firma el tratado de Coche en 1.863, que puso fin a la Guerra Federal, toda esta región estaba en manos de los Federalistas. Guatire, en este proceso fue uno de los grandes protagonistas, por eso en 1.864 la Asamblea Constituyente del estado Bolívar le otorgó el título de Heroica en reconocimiento a su actuación a favor de la revolución. Pasado un año crea el Distrito Zamora cuya capital es Guatire, en homenaje a Ezequiel Zamora, el “GENERAL DEL PUEBLO ZAMORANO”.

Cien años después de la promulgación de este Decreto, en 1.964, el profesor y amigo, hijo ilustre de este pueblo, Jesús María Sánchez encuentra entre viejos papeles de la Biblioteca Nacional el trascendental documento donde se declara a Guatire “VILLA HEROICA”.

Han transcurrido 153 años del famoso decreto; Guatire continúa con un espíritu animoso digno e inquebrantable, orgulloso de su herencia histórica, creciendo a pasos agigantados y luchando por mantener viva su memoria.

La gran mayoría de los historiadores coinciden en que los resultados de la guerra fueron negativos: diezmó la población, arruinó la economía , creó una ola de generales de montonera, muchos de ellos analfabetas e incapaces de dirigir con acierto las ideas de Zamora, 2950 generales, según el censo de 1835 que se embolsillaban el presupuesto nacional sólo con sus sueldos. Esta sangrienta guerra civil, de venezolanos contra venezolanos no logró subsanar los males existentes por los cuales se habían alzado sus protagonistas.

También coincidían los autores en señalar que lo único positivo de tan sangrienta guerra fue resquebrajar los prejuicios de castas sociales y establecer la democratización y el igualitarismo social en la familia venezolana.

Entre los historiadores que detractan de este proceso histórico se encuentran Juan Liscano, Guillermo Morón, José Luis Salcedo Bastardo, Ramón J. Velásquez, José Manuel Siso Martínez, Carlos Irazabal, Arturo Uslar Pietri, Federico Brito Figueroa, Ramón Díaz Sánchez, por mencionar algunos. Precisamente Ramón Díaz Sánchez describe este período en los siguientes términos:“Cinco años de sangre habían conmovido hasta los tuétanos al pueblo de Venezuela, destruidas sus energías y transformado profundamente la estructura social del país. Cuarenta mil muertos y la total destrucción de la economía era el precio que la República pagada por aquella transformación. Nada recordaba ya la cultura de la época colonial ni la organización posterior ideada por los campeones de la independencia”.

También el escritor e historiador de Armas Chitty escribe en su libro “Vida política de Caracas”, que: “La guerra Federal se prolonga por cinco años a despecho de sus jefes y dirigentes. El pueblo combatía con mística, buscaba algo distinto, y su anhelo se frustrará porque los que conducen la acción no se hallan a la altura de sus aspiraciones. Tanta es la mística con que se da el pueblo, que aguanta y sufre”.
Juan Crisóstomo Falcón, Jefe Supremo de la Federación , expone en su proclama del 24 de julio de 1859 lo siguiente,: “Si la cosa no es que las leyes que hagáis sean buenas o malas, la cuestión es que el derechos de hacerlas no es vuestro, sino de la mayoría; porque en las Repúblicas corresponde el ejercicio de todos los poderes sociales” Y para complementar lo dicho el mismo Antonio Leocadio Guzmán declaró públicamente en pleno Congreso de 1867, “No sé de donde han sacado que el pueblo de Venezuela le tenga amor a la Federación, cuando no sabe lo que esta palabra significa: esa idea salió de mi y de otros que nos dijimos: Supuesto que toda revolución necesita bandera, ya que la Convención de Valencia no quiso bautizar la Constitución con el nombre de Federal, invoquemos esta idea; porque si los contrarios hubieran dicho Federación, nosotros hubiésemos dicho Centralismo”.
Hubo otras causas que generaron la Guerra Federal; el escritor Vallenilla Lanz le asigna causas económicas y sociales, dice que el hecho de haber continuado igual la estructura social y económica de la colonia, después de realizada la Independencia, la conservación de la esclavitud, mantenimiento de los latifundios y el predominio de la clase propietaria en el Gobierno, fueron los factores del descontento social y económico.

Sostiene que el Federalismo se identifica con el Regionalismo, por lo cual la Federación se identificó en la masa popular con una aspiración democrática.

Los críticos e historiadores nacionales están de acuerdo en señalar que la Federación llegó a ser sinónimo de reivindicaciones sociales, de libertad y de igualdad de clases, por ello se constituyó en una guerra de clases, con la emancipación de la clase pobre, circunstancias estas que dieron prestigio a su causa y le atrajeron la simpatía general de la mayoría de la nación y por ende el triunfo.

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